viernes, 3 de abril de 2015

Relato del Viernes Santo

NARRADOR
Acudimos con pasos vacilantes a la celebración del viernes santo, pues nuestro divino redentor ha muerto y con él nuestra esperanza; los gritos que aclamaban al Señor como Rey el Domingo de Ramos cuando hacía su entrada triunfal a Jerusalén, hoy gritan con furia, resentimiento e ignorancia, ¡Crucifíquenlo!. Ahora vive Jesús una cruda realidad, su compañera es la soledad y por supuesto el amor inconmensurable de su madre, quien así como sostenía en su regazo a Jesús cuando era niño, sostiene ahora entre sus manos su cuerpo ensangrentado.

Este viernes santo lejos de ser un simple recuerdo, se repite en la vida del mundo todos los días, el hombre y la mujer de hoy siguen siendo crucificados por los vicios, tales prácticas los conducen al sepulcro de su propia muerte, pues cerrando sus oídos a la voz del Señor han preferido la muerte a la vida. Este es el desafío que nos lanza el viernes santo ¿se puede salvar el hombre sin la cruz de Cristo, entendida no sólo como causa sino también como método?

- VIERNES SANTO -
Del Evangelio de Mateo 26, 57-75

NARRADOR
Los que habían arrestado a Jesús lo condujeron a la casa del Sumo Sacerdote Caifás, donde se habían reunido los escribas y los ancianos. Pedro lo seguía de lejos hasta el palacio del Sumo Sacerdote; entró y se sentó con los servidores, para ver cómo terminaba todo. Los sumos sacerdotes y todo el Sanedrín buscaban un falso testimonio contra Jesús para poder condenarlo a muerte; pero no lo encontraron, a pesar de haberse presentado numerosos testigos falsos. Finalmente, se presentaron dos que declararon:

EXTRAS
“Este hombre dijo: Yo puedo destruir el Templo de Dios y reconstruirlo en tres días”.

NARRADOR
El Sumo Sacerdote, poniéndose de pie, dijo a Jesús:

SUMO SACERDOTE
“¿No respondes nada? ¿Qué es lo que estos declaran contra ti?”

NARRADOR
Pero Jesús callaba. Entonces el Sumo Sacerdote insistió:

SUMO SACERDOTE
“Te conjuro por el Dios vivo a que me digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios”

JESUS
“Tú lo has dicho. Además, les aseguro que de ahora en adelante verán al hijo del hombre sentarse a la derecha del Todopoderoso y venir sobre las nubes del cielo”

NARRADOR
Entonces el Sumo Sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo:

SUMO SACERDOTE
“Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Ustedes acaban de oír la blasfemia. ¿Qué les parece?”

EXTRAS
“Merece la muerte”

NARRADOR
Luego lo escupieron en la cara y lo abofetearon. Otros lo golpeaban, diciéndole:

EXTRAS
“Tú, que eres el Mesías, profetiza, dinos quién te golpeó”

NARRADOR
Mientras tanto, Pedro estaba sentado afuera, en el patio. Una sirvienta se acercó y le dijo:

EXTRAS
“Tú también estabas con Jesús, el Galileo”

NARRADOR
Pero él lo negó delante de todos, diciendo:

PEDRO
“No sé lo que quieres decir”

NARRADOR
Al retirarse hacia la puerta, lo vio otra sirvienta y dijo a los que estaban allí:

EXTRAS
“Este es uno de los que acompañaban a Jesús, el Nazareno”

NARRADOR
Y nuevamente Pedro negó con juramento:

PEDRO
“Yo no conozco a ese hombre”

NARRADOR
Un poco más tarde, los que estaban allí se acercaron a Pedro y le dijeron:

EXTRAS
“Seguro que tú también eres uno de ellos; hasta tu acento te traiciona”

NARRADOR
Entonces Pedro se puso a maldecir y a jurar que no conocía a ese hombre. En seguida cantó el gallo, y Pedro recordó las palabras que Jesús había dicho:

JESUS
“Antes que cante el gallo, me negarás tres veces”

NARRADOR
Y saliendo, lloró amargamente...

NARRADOR
Cuando amaneció, todos los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo deliberaron sobre la manera de hacer ejecutar a Jesús. Después de haberlo atado, lo llevaron ante Pilato, el gobernador, y se lo entregaron. Judas, el que lo entregó, viendo que Jesús había sido condenado, lleno de remordimiento, devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y a los ancianos, diciendo:

JUDAS
“He pecado, entregando sangre inocente».

NARRADOR
Entonces él, arrojando las monedas en el Templo, salió y se ahorcó.

NARRADOR
Pilato convocó a los sumos sacerdotes, a los jefes y al pueblo, y les dijo:

PILATO
“Ustedes me han traído a este hombre, acusándolo de incitar al pueblo a la rebelión. Pero yo lo interrogué delante de ustedes y no encontré ningún motivo de condena en los cargos de que lo acusan; ni tampoco Herodes, ya que él lo ha devuelto a este tribunal. Como ven, este hombre no ha hecho nada que merezca la muerte. Después de darle un escarmiento, lo dejaré en libertad”

EXTRAS
“¡Que muera este hombre! ¡Suéltanos a Barrabás!”

NARRADOR
A Barrabás lo habían encarcelado por una sedición que tuvo lugar en la ciudad y por homicidio. Pilato volvió a dirigirles la palabra con la intención de poner en libertad a Jesús. Pero ellos seguían gritando:

EXTRAS
“¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!”

PILATO
“¿Qué mal ha hecho este hombre? No encuentro en él nada que merezca la muerte. Después de darle un escarmiento, lo dejaré en libertad”

NARRADOR
Pero ellos insistían a gritos, reclamando que fuera crucificado, y el griterío se hacía cada vez más violento. Al fin, Pilato resolvió acceder al pedido del pueblo. Dejó en libertad al que ellos pedían, al que había sido encarcelado por sedición y homicidio, y a Jesús lo entregó al arbitrio de ellos. Cuando lo llevaban, detuvieron a un tal Simón de Cirene, que volvía del campo, y lo cargaron con la cruz, para que la llevara detrás de Jesús. Lo seguían muchos del pueblo y un buen número de mujeres, que se golpeaban el pecho y se lamentaban por él. Pero Jesús, volviéndose hacia ellas, les dijo:

JESUS
“¡Hijas de Jerusalén!, no lloren por mí; lloren más bien por ustedes y por sus hijos. Porque se acerca el tiempo en que se dirá: ¡Felices las estériles, felices los senos que no concibieron y los pechos que no amamantaron!”

NARRADOR
Con él llevaban también a otros dos malhechores, para ser ejecutados. Cuando llegaron al lugar llamado «del Cráneo», lo crucificaron junto con los malhechores, uno a su derecha y el otro a su izquierda. Jesús decía:

JESUS
“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”

NARRADOR
Después se repartieron sus vestiduras, sorteándolas entre ellos. El pueblo permanecía allí y miraba. Sus jefes, burlándose, decían:

EXTRAS
“Ha salvado a otros: ¡que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido!”

NARRADOR
Sobre su cabeza había una inscripción: “Este es el rey de los judíos”. Era alrededor del mediodía. El sol se eclipsó y la oscuridad cubrió toda la tierra hasta las tres de la tarde. El velo del Templo se rasgó por el medio. Jesús, con un grito, exclamó:

JESUS
“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”

NARRADOR
Y diciendo esto, expiró.

Reflexión final
No creemos que la cruz es, además, para nosotros, un signo de salvación y por eso no la aceptamos en nuestra vida, no agradecemos la cruz que Dios nos ha concedido, y la rechazamos con todas nuestras fuerzas o nos desesperamos y la estamos maldiciendo continuamente.

Por eso, hoy también se nos pide que al adorar la cruz de Cristo, adoremos nuestra propia cruz. Que la aceptemos como muestra del amor de Dios a nosotros. Y pidamos a Dios el Espíritu de Jesús para que podamos extender con él y como él voluntariamente los brazos sobre nuestra propia cruz y ofrecerla a Dios como instrumento de salvación para nosotros y para nuestro mundo.

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