sábado, 4 de abril de 2015

Relato del Sábado Santo


NARRADOR
La larga noche de la muerte del Señor ha pasado ya, la sombra de la muerte ha desaparecido y en medio de las penumbras de la desilusión y del silencio, Jesucristo ha resucitado glorioso para darle vida al mundo entero; su presencia ahora ha cambiado, su cuerpo en estado de glorificación es fuerza en medio de la debilidad de los hombres incrédulos ante la admirable resurrección del Señor.

- SABADO SANTO -
Del Evangelio de Mateo 27, 57-66, Juan 20,19-31

NARRADOR
Al atardecer, llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que también se había hecho discípulo de Jesús,  y fue a ver a Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús. Pilato ordenó que se lo entregaran. Entonces José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia y lo depositó en un sepulcro nuevo que se había hecho cavar en la roca. Después hizo rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro, y se fue. María Magdalena y la otra María estaban sentadas frente al sepulcro. A la mañana siguiente, es decir, después del día de la Preparación, los sumos sacerdotes y los fariseos se reunieron y se presentaron ante Pilato, diciéndole:

EXTRAS
“Señor, nosotros nos hemos acordado de que ese impostor, cuando aún vivía, dijo”:

JESUS
“A los tres días resucitaré”

EXTRAS
“Ordena que el sepulcro sea custodiado hasta el tercer día, no sea que sus discípulos roben el cuerpo y luego digan al pueblo: ¡Ha resucitado! Este último engaño sería peor que el primero”

NARRADOR
El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada. Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo:

MARIA MAGDALENA
“Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”

NARRADOR
Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más rápidamente que Pedro y llegó antes. Asomándose al sepulcro, vio las vendas en el suelo, aunque no entró. Después llegó Simón Pedro, que lo seguía, y entró en el sepulcro; vio las vendas en el suelo, y también el sudario que había cubierto su cabeza; este no estaba con las vendas, sino enrollado en un lugar aparte. Luego entró el otro discípulo, que había llegado antes al sepulcro: él también vio y creyó. Todavía no habían comprendido que, según la Escritura, él debía resucitar de entre los muertos. Los discípulos regresaron entonces a su casa. María se había quedado afuera, llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies del lugar donde había sido puesto el cuerpo de Jesús. Ellos le dijeron:

ANGELES
“Mujer, ¿por qué lloras?”

MARIA MAGDALENA
“Señor, si tú te los has llevado dime donde lo has puesto y yo iré a buscarlo”

NARRADOR
Al decir esto se dio vuelta y vio a Jesús, que estaba allí, pero no lo reconoció. Jesús le preguntó:

JESUS
“Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?”

MARIA MAGDALENA
“¡Maestro!”

JESUS
“No me retengas, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: Subo a mi Padre, el Padre de ustedes; a mi Dios, el Dios de ustedes”

NARRADOR
Reflexión final
El espanto que nos producía la imagen de Jesús ensangrentado ha terminado, las escenas de dolor camino hacia el calvario han cesado, ahora brilla en medio de nosotros la luz de la presencia del Señor resucitado y sin espanto alguno.

Somos testigos de su resurrección fundamentalmente en nuestros corazones; el fuego dio comienzo de nuestra vigilia se ha impuesto sobre la noche oscura de la muerte porque el Hijo de Dios resucitó, en el ambiente de la oscuridad más profunda de la humanidad por la muerte del Señor, hoy nos ha nacido la luz del mundo, Jesucristo el fuego de nuestras vidas, él es el Rey y el centro de nuestros corazones acobardados por su ausencia, pero ahora alegres porque ha resucitado.

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