domingo, 5 de abril de 2015

Relato del Domingo de Pascua

NARRADOR
Ser siempre fiel es fruto especialmente de la gracia de Dios correspondida. Serlo hasta la muerte, es fruto de los frutos de ella, acompañado de nuestra generosa correspondencia. Dios es quien crea en el alma la grandeza necesaria, que es condición indispensable para la fidelidad; sobre todo nos concede a diario el don de su fortaleza para perseverar en ella; la fidelidad no necesita poesía, pues un alma fiel es el más delicioso poema que puede contemplarse aquí en la tierra.

A la fidelidad le sobran imaginaciones bonitas o los discursos bien cortados; la mayoría de las veces es una virtud callada y humilde que se identifica con las obras.

Nos cuesta creer. No nos extrañe. Es verdad que “ha resucitado” y que también nosotros “hemos resucitado con Cristo”, y que “nuestra vida es la de Cristo”. El Señor nunca está lejos de nosotros. Si su luz y su Espíritu parece que lo están, es porque nos falta la fe necesaria, como a los discípulos en aquel día. Les ardía el corazón y no se daban que la causa era que el Señor iba con ellos y era quien les explicaba las escrituras. Si tuviéramos fe como un grano de mostaza en que Cristo resucitado nos acompaña, todo cambiaría para nosotros.

- DOMINGO DE PASCUA -
Del Evangelio de Marcos 16,19-20; Juan 14, 11-27

NARRADOR
Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo:

JESUS
“¡La paz esté con ustedes!”

NARRADOR
Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo:

JESUS
“¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes”

NARRADOR
Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió

JESUS
“Reciban al Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan.

Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Créanlo, al menos, por las obras. Les aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre. Y yo haré todo lo que ustedes pidan en mi Hombre, para que el Padre sea glorificado en el Hijo.

Si ustedes me piden algo en mi Nombre, yo lo haré. Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes: el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen, porque él permanece con ustedes y estará en ustedes.

No los dejaré huérfanos, volveré a ustedes. Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero ustedes sí me verán, porque yo vivo y también ustedes vivirán. Aquel día comprenderán que yo estoy en mi Padre, y que ustedes están en mí y yo en ustedes. El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él.

El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él. El que no me ama no es fiel a mis palabras. La palabra que ustedes oyeron no es mía, sino del Padre que me envió. Yo les digo estas cosas mientras permanezco con ustedes. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre, les enseñará todo y les recordará lo que les he dicho.

Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo. ¡No se inquieten ni teman!

NARRADOR
Al verlo, se postraron delante de él; sin embargo, algunos todavía dudaron. Acercándose, Jesús les dijo:

JESUS
“Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes… hasta el fin del mundo”

NARRADOR
Después de decirles esto, el Señor Jesús fue llevado al cielo y está sentado a la derecha de Dios. Ellos fueron a predicar por todas partes, y el Señor los asistía y confirmaba su palabra con los milagros que la acompañaban.

Reflexión final
¿Qué nos sucede en cada Pascua? ¿Creemos realmente este gran misterio de nuestra fe? Muchas de las crisis que vivimos los seres humanos son el fruto de la ambición de tener el control de todo y respuestas para todo. Control de la información, del conocimiento, de las últimas tendencias y, lo que es peor, comprobarlo todo desde nuestra razón.

Quienes buscan “respuestas” en este sentido pierden su tiempo, ya que, en el plano de la fe, se necesita algo más que la inteligencia para entender el misterio de Cristo resucitado. Mucho nos falta para que nuestra fe crea más en Dios y no mire de reojo la receta de un horóscopo; que se construya más en Cristo Jesús y no en los gurúes de turno; que se fortalezca más en la oración y no en las cartas del tarot. Buscar una auténtica identidad cristiana nos debe urgir para saber quiénes somos.

Como ese antiguo proverbio que dice: “Si no sabes adónde vas regresa para saber de dónde vienes”. Solo a través de una atenta mirada creyente y un deseo de encarnar al Señor en lo cotidiano de la vida renovaremos el compromiso con él. Porque después de su Pascua, el Señor resucitado está en medio de nosotros.

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